Desde diciembre de 1903 cuando los hermanos Wright realizaron el primer vuelo aéreo que sólo duró doce segundos y como cuarenta metros de longitud, el mundo se maravilló y a partir de ese momento nunca dejó de soñar con conquistar los cielos. No pasaron más de cinco años cuando ese sueño –como los de todos los de los seres humanos- cobró saldo negativo, Tomás Selfridge compañero de vuelo de Orville Wright falleció en un accidente a causa de una falla mecánica en un avión que piloteaban ambos. No se tiene cifra alguna del total de accidentes aéreos ocurridos en la historia de la humanidad. Ahora pienso en los últimos momentos de pánico, en el último pensamiento que cruzó la mente de cada uno de los 97 pasajeros que perecieron en un reciente accidente aéreo que conmocionó Polonia al grado de dejar dicha nación al borde de una crisis política, sin gobierno que guiara los destinos de la población. También han existido accidentes aéreos que han causado por sobre todo el dolor, una sospecha colectiva nacional de atentados contra personajes políticos o también otros utilizados como cortinas de humo distractoras y con medios alternos, causar daños irreversibles a una sociedad siendo el miedo, medio de control y sometimiento. América no es la excepción. Pienso en los sueños perdidos de familias, en los abrazos que el cielo roba a las personas que malogran su existencia por el sueño de conquistarlo.
Accidentes aéreos. Todos causan un daño colectivo irreparable. Los sueños del hombre me parecen idénticos, traen consigo los extremos, nunca quedamos en el medio, ilesos. Después de reflexionarlo, hoy como nunca pienso en no volver a mis levitaciones, es tanto el riesgo de enamorarse. La tierra es mejor que cualquiera de mis tentaciones, inclusive más que soñar con alguien conquistar los cielos como alguna vez los Wright siquiera lo imaginaron…


