Pasan las noches. El insomnio cotidiano. La misma postura en el sillón de siempre. Los recuerdos que caminan de un lado a otro en la casa. Miro el piso y saltan del recuerdo imaginariamente prendas de ropa por el suelo, rastros que seguía y que usualmente llegaban a mi cama. Miro el reloj periódicamente, a la una de la mañana, a las dos, a las tres de la mañana. La noche no es fría, la cama tampoco. Recojo los zapatos y calcetines, apagó las luces, sigo los rastros (que efectivamente llevan a mi cama), me deshago de la ropa y como todas las noches, concentro mi cansancio en el sueño donde quízás aparezcas una vez más...
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